
Así mismo, ¿con h o sin h? Aunque sea muda tiene su importancia.
No se encuentra la frase en los tratados al uso y eso es algo que siempre me extrañó puesto que es de un uso muy frecuente. Te voy a dar una hostia, Se pegó una hostia contra la pared, Le dieron un par de hostias… son expresiones habituales en las que hostia es un golpe, una bofetada, un puñetazo e incluso una colisión.
Según el diccionario, hostia es:
1.Hoja redonda y delgada de pan ácimo, que se consagra en la misa y con la que se comulga
2.Cosa que se ofrece en sacrificio
3.vulg. malson. Golpe, trastazo, bofetada
Es la tercera acepción a la que nos referíamos anteriormente. Luego pasa a señalar las diferentes expresiones más o menos coloquiales:
mala hostia.- f. vulg. malson. Mala intención
a toda hostia.- loc. adv. vulg. malson. A toda velocidad
de la hostia.- loc. adj. vulg. malson. Muy grande o extraordinario
la hostia.- loc. adv. vulg. malson
ser alguien o algo la hostia.- fr. vulg. Ser extraordinario
No es extraño el uso de términos religiosos en expresiones malsonantes, vulgares e incluso irreverentes; quizás como un revulsivo a una religiosidad omnipresente en otras épocas, encontramos multitud de expresiones de este tipo que no es necesario citar ahora. En el caso que nos ocupa no siempre es así, en algunas ocasiones sirve como ponderativo para magnificar una cualidad.
Pero ¿por qué una hostia es un golpe? Difícil respuesta puesto que hay multitud de usos coloquiales para significar golpe. Así podemos dar una galleta, una nata, un carquiñol, una bufa, un capón, una colleja, un trompazo, una leche… todas ellas expresiones con un uso figurado.
Quizás en este caso hostia que es una cosa buena, la convirtió el anticlericalismo en una cosa mala. O quizás atienda a su significado de ‘víctima’, o a su origen etimológico, el término hostis, -is que significa ‘enemigo’. Se conoce que los enemigos eran las primeras víctimas que exigían los dioses antiguos para conceder la victoria.
En ambos casos estaría clara la relación, puesto que la víctima del golpe es el que lo recibe, y el golpe se propina a un enemigo, o al menos a alguien por el que se siente cierta animadversión.
O quizás se asimiló la forma circular de la forma eucarística, a la de un puño cerrado o a la de una mano abierta dando un cachete. O bien con cierta ironía —muy propia del pueblo llano— se llamó hostia al bofetón que el sacerdote sacudía al monaguillo revoltoso, o a los cachetes que los curas propinaban a diestro y siniestro a los estudiantes de los colegios religiosos: la letra con sangre entra. Así repartían hostias tanto en el altar como en las aulas.
Hasta aquí el uso con h que es el que señala la Real Academia. ¿Y sin la h?
Recientemente me tropecé con una etimología completamente distinta en el Diccionario de frases y dichos populares de Pancracio Celdrán. Dice así:
“Ostia: dar una. Se llamó ostia, plural latino de puerta, al portazo, en alusión a los golpes que daban los porteros u ostiarii, cerrando la puerta en las narices de quien quisiera colarse o entrar sin haber sido invitado. Asimismo, en latín, se llamaba ostiarium al impuesto sobre el número de puertas que tuviera la casa: a más puertas u ostia, más impuestos. En un pasaje de Plauto alguien pegó una paliza a un esclavo dando tumbos ostiatim, esto es, de puerta en puerta, de donde se dijo ‘a ostias’, sin relación con el uso religioso de la palabra.”
Al respecto recordar que Ostia— una ciudad antigua en la costa del mar Tirreno— era el puerto de la antigua Roma, fundada con el propósito de defensa militar pero convertida en puerto comercial con el tiempo. Por lo que un puerto es el nombre que recibe una puerta o vía de entrada por mar a una ciudad, al igual que un puerto de montaña en una puerta o paso hacia el otro lado.
Los términos latinos citados son todos correctos y con una procedencia común, que es el término latino os, oris, que significa boca. Por tanto, Ostia, -ae, es el puerto de Roma; ostium, -ii, puerta (que al ser neutro, hace el plural en –a: ostia = puertas); ostiolum, -i, puerta pequeña, postigo; ostiarius, -ii, ostiaria, -ae, portero / -a; ostiarium, -ii, el impuesto sobre las puertas; ostiatim, adverbio, de puerta en puerta; ostiensis, -is, ostiense, de Ostia.
Da que pensar. Un portazo es un golpe violento como el que expresa la locución, además de un desaire y un desprecio al que se da con la puerta en las narices, y si se lleva a alguien a hostias, se le lleva dando tumbos, de un lugar para otro, como de puerta en puerta. Por otro lado, el puerto de Ostia debió resultar magnífico en su época y esto podría también explicar los usos ponderativos a los que aludíamos anteriormente.
Yo seguiré escribiendo la expresión con h, más que nada por la costumbre, pero reconozco que dudaré cada vez que me encuentre con ella.

Colaboración de Julio Arteaga
El nombre de Luna por el que conocemos a nuestro satélite viene del latín luna con el mismo significado. En cambio se usa el término griego selenita como supuesto gentilicio de este satélite. Este nombre proviene de Selene, diosa griega asociada a la luna.
Antiguamente se asociaban los cambios de humor a las fases de la luna, así cuando alguien mostraba una psique alterada se decía de él que era un lunático.
La palabra inglesa para mes, month, proviene de moonth, una forma sajona primitiva para ‘lunación’. El mismo origen tiene moon, ‘luna’ en inglés. Ello es debido al primitivo uso de un calendario lunar en la cultura sajona, al igual que en la neerlandesa donde la palabra para luna es maan, y para mes es maand.
También emplearon calendarios lunares otras culturas. En el idioma turco, la palabra Ay, ‘mes’, también significa ‘luna’. En los idiomas chino y japonés las palabras ‘luna’ y ‘mes’ se escriben con el mismo carácter (kanji en japonés o hanzi en chino).
En castellano el primer día de la semana, el lunes, tiene su raíz en el ‘día de la luna’ o dies lunae. Esto se puede ver también en el idioma inglés, en que monday viene de moon day , en alemán donde se llama montag y en francés donde se llama lundi.
¿Es innata la gramática? ¿Aprendemos el habla por imitación? ¿Existen unas pautas a seguir en nuestras estructuras cerebrales?
El aprendizaje de una lengua no puede limitarse a la imitación. Los niños pronuncian a menudo palabras o frases que nunca han oído siguiendo unas estructuras de aprendizaje innatas en él. Por ejemplo, pueden decir “humedar” en vez de “volver húmedo”, no “cabo” por “no quepo”, “cienes” por “cientos” o “no sabo” por “no sé”. Siguen unas pautas y realizan unas hipótesis sobre su gramática, y luego las corrigen si resultan equivocadas. Pero no realizan cualquier hipótesis sino las que son posibles dentro de unas imposiciones del algoritmo o proceso de aprendizaje.
Que existe una base genética sobre la que construir el lenguaje,es algo ya demostrado científicamente gracias al estudio realizado sobre varios miembros de una familia inglesa con disfunciones en el habla,que afectan al aprendizaje del lenguaje.
Los KE (así conocidos para preservar su anonimato) sufren un transtorno que se transmite entre generaciones y que les impide articular un lenguaje: luchan por controlar los labios y la lengua, por formar palabras y por entender y utilizar la gramática. Tienen dificultades con las estructuras gramaticales, no pueden formar plurales ni utilizar de forma correcta los tiempos verbales.
Dicha familia y su problema fueron descritos en 1990. En 1998 los científicos que investigaban a través de tres generaciones KE habían delimitado el gen causante del problema al cromosoma 7. Pero entonces apareció el paciente CS (también nombre inventado) que no pertenece a la familia de los KE con unas dificultades muy parecidas a las de ellos. Descubrieron que tanto el nuevo paciente como la familia KE tenían dañado el mismo gen, el denominado FOXP2.
Este gen funciona como interruptor genético al fabricar una proteína que al entrar en contacto con el resto de ADN activa la expresión de otros genes implicados en el habla. Está presente en todos los mamíferos, pero en el caso de los seres humanos tiene una característica particular: dos mutaciones que hacen que funcione de una manera específica, permitiendo el desarrollo de las áreas del cerebro relacionadas con el lenguaje y el aparato fonador.
No es que se trate de un gen del habla en sentido estricto, sino que se trata de un gen que activa —quizás junto a otros por ahora desconocidos— los procesos necesarios para que se formen las estructuras cerebrales que preparan a los niños sobre lo que deben esperar.
Pero ¿desde cuándo es así? ¿cuándo apareció el lenguaje? ¿desde cuándo es posible el lenguaje y la comunicación en la especie humana?
Muy recientemente se ha descubierto analizando ADN neandertal que ellos también compartían las mutaciones del gen FOXP2, por lo que también poseían la capacidad genética del lenguaje. Que tanto el Homo neanderthalis como el Homo sapiens compartan tal característica indica a los paleoantropólogos que ambas especies la heredaron de un ancestro común de al menos 400.000 años de antigüedad. Aunque no se descarta que el lenguaje hubiera aparecido ya en una especie de homínido más antigua.
La comunicación no verbal es aquella conducta, gesto, movimiento o postura que, intencionadamente o no, está cargada de un significado culturalmente determinado, y que puede transmitir información de cualquier tipo acerca de la persona que lo emite o del mundo que la rodea.
Comunica información acerca de nuestra actitud, sentimientos o intenciones. Complementa a la comunicación verbal, a la que a veces llega incluso a sustituir. Es aquello de “una imagen vale más que mil palabras” aplicado a la comunicación. La mirada, la posición del cuerpo, los movimientos de las manos o la ausencia de los mismos, el ritmo respiratorio, el color de las mejillas, el brillo de los ojos y otros muchos aspectos pueden brindar a nuestro interlocutor más información de la que creemos. Por ello es importante controlar este aspecto comunicativo si no queremos que “traicione” nuestros propósitos.
A nadie se le escapa que es mejor iniciar un primer contacto amoroso con paso firme, mirada franca, voz bien timbrada y amplia sonrisa en los labios, en lugar de mirada huidiza, mejillas arreboladas, labios temblorosos y postura vacilante, por poner un ejemplo. O que, para una entrevista de trabajo, es mejor un vigoroso apretón de manos, sentarse con la espalda bien recta pero con comodidad, mantener una postura ligeramente inclinada hacia adelante, mirar continuamente a los ojos, acompañar la conversación con movimientos de manos (sin exagerar) y no elevar en exceso la voz; en lugar de retreparse en el sillón, juguetear nerviosamente con un bolígrafo, papel o los propios dedos, mirar nerviosamente a todos lados, hablar en susurros o mostrar incomodidad con la ropa que se viste, por poner otro ejemplo.
Pero no toda la información de estos gestos y conductas es suministrada inadvertidamente, también se usa el lenguaje corporal para comunicar de forma totalmente consciente, en unos gestos casi universales: tamborileamos con los dedos para demostrar impaciencia; nos encogemos de hombros para mostrar indiferencia o desconocimiento; guiñamos un ojo para significar complicidad; alzamos las cejas para expresar que algo nos parece poco creíble; nos rascamos la cabeza para comunicar desconcierto; nos damos una palmada en la frente si de pronto nos damos cuenta de que hemos olvidado algo; nos revolvemos en el asiento para revelar incomodidad; asentimos y negamos con movimientos oscilatorios de la cabeza; extendemos el dedo índice y oscilamos levemente la mano para lanzar una advertencia… y así muchos otros ademanes ciertamente aprendidos. Y aunque cada persona puede modificarlos de manera peculiar para transmitir lo que pretende —a veces basta una simple mirada de una persona cercana para saber lo que piensa o lo que quiere— siempre seguirán la misma estructura dentro del proceso de comunicación.
Cuando se trata de estudiar la comunicación no verbal, se suele hacer desde diferentes aspectos. Así se distingue entre:
lenguaje corporal o cinético, que hace referencia a las posturas corporales, las expresiones faciales y los comportamientos gestuales.
lenguaje proxémico, que hace referencia a la utilización del espacio inmediato al individuo.
paralenguaje, que hace referencia a los aspectos no lingüísticos de la comunicación verbal.
Un hito o fito es una señal clavada en el suelo que indica un límite.
Se puede señalar los límites de una propiedad o los límites de un camino colocando estacas clavadas en el suelo o piedras a intervalos regulares. De esta manera, un viajero que no conociese una región podría evitar los terrenos privados y seguir fácilmente las veredas haciendo caso de esas indicaciones, incluso en el caso de que la vegetación hubiese cubierto un itinerario poco transitado. El hito referido a un límite territorial se ha dado en llamar coto y el hito referido al límite de un sendero, mojón. Un coto privado de caza o una propiedad vallada es algo fácil de ver, así como los mojones que señalizan una carretera y que nos indican el nombre de la vía y la distancia itineraria en kilómetros.
De hito en hito (de fit a fit, en catalán) es una frase hecha que significa que ‘se presta atención a una cosa, que se la mira fijamente’. Igual que debía hacer el viajero para no extraviarse: prestar atención a los hitos del borde del camino. Hito también ha adquirido el sentido figurado de meta o momento señalado. De igual modo que el renombrado viajero debía fijarse como meta el siguiente hito cuando superaba el anterior, como una especie de reto. Así podemos oír frases como: “El descubrimiento de América es un hito de la Historia”, “Su triunfo ha marcado un hito” o “Ens hem fixat una fita” (‘nos hemos marcado una meta’, en catalán). También un significado de éxito, como el alcanzado al sobrepasar la meta o hito. Tal es el caso del hit parade (‘desfile o relación de éxitos’, en inglés) en el que se presentan una lista ordenada de éxitos musicales.
Uno de los juegos más sencillos y más practicado en todo el mundo es el de lanzar un objeto hacia un punto señalado intentando hacerlo con puntería. Generalmente el objeto arrojadizo es una piedra y la señal una estaca, un agujero o una piedra mayor; aunque pueden ser herraduras, argollas, pelotas o bolas como en el caso del juego de la petanca, o como en cualquiera de las barracas, puestos o casetas de feria en las que nos retan a probar nuestra puntería y conseguir como premio algún osito de peluche.
De entre los cientos de nombres que, sin duda, habrá recibido este juego, nos interesan algunos: la chita, el tejo y la tángana.
Haciendo referencia a la señal contra la que se lanzaba —una piedra alargada o una tablilla colocada en vertical o una estaca— el juego recibió el nombre de hito y posteriormente de chito o chita. Los muchachos solían colocar las monedas de sus apuestas sobre el chito y las ganaba aquél que las derribaba o el que —una vez derribadas— colocaba su piedra o tejo más cerca. Comoquiera que a los adultos no les hacía gracia que los muchachos anduvieran metidos en apuestas con dinero, estos lo hacían a escondidas y jugaban a la chita callando, frase que se ha dado en utilizar para expresar que ‘se hace algo con mucho silencio, con disimulo o en secreto’.
Chitón es un imperativo para demandar silencio fruto de un aumentativo de chita, es decir, con mucho secreto. E irse a chitos o andar a chitos significa, simulada y familiarmente, ‘andarse vagando, divertido en juegos y pasatiempos’. Así lo explica el maestro Correas en su Vocabulario de refranes:
“Andar a chitos. Buscar cosas vanas: chito o chita es un huesecillo o pedrezuela a que tiran los muchachos en el juego que ellos llaman de la chita: tiran con él con unas piedras llanas como ruedas, que llaman chito; cuando se concierta el juego, todos van a buscar chitos en algún arroyo o muladar o edificio caído, y los hacen de piedra, teja o ladrillo.”
También recibía el nombre de chita la taba o astrágalo de los corderos; huesecillo menudo que —a guisa de dado— se utilizaba en juegos de azar y que también se jugaba a escondidas cuando se apostaba por las mismas razones descritas anteriormente.
Haciendo referencia al objeto arrojadizo, el juego recibió posteriormente el nombre de tejo, ya que en ambientes urbanos era más habitual encontrar trozos de teja aptos para el juego. Del arrojo, decisión e insistencia necesarias para tirar bien los tejos se pasó al sentido figurado de insinuar a una persona el interés amoroso que se tiene por ella. A la que se miraba con insistencia, se cortejaba y se rendían constantes atenciones se decía que le tiraban los tejos y tirar los tejos pasó a significar iniciar un cortejo.
También era frecuente que los muchachos, tímidos, lanzasen desviado su tejo intencionadamente para que fuera a caer a los pies de la chica que le gustaba cuando las muchachas observaban el juego. De esta manera tenían excusa para acercarse a ella al ir a recoger su tejo y poder así intercambiar miradas furtivas, sonrisas y comentarios. Esto llevaría a más de uno a afirmar que fulanito le está tirando los tejos a menganita, como una expresión literal de un hecho y no de una actitud.
Este tejo era utilizado tanto para juegos como la rayuela, la casa o la línea —en los que había que darle pequeños golpes al tejo con el pie para recorrer un dibujo o alcanzar una señal —como para arrojarlos contra una pieza o tanga con dinero encima.
Otro nombre por el que se conocía el juego era el de tanga o tángana (así, esdrújula). Y habiendo dinero de por medio es de suponer que eran frecuentes las discusiones a la hora de determinar el ganador. Y esas pequeñas trifulcas a base de insultos y empujones que no solían pasar a mayores, se dieron en llamar tánganas. Término que actualmente se usa para definir los alborotos que en ocasiones se dan en las competiciones deportivas a raíz de una jugada conflictiva y que podemos oír habitualmente en las retransmisiones de partidos de fútbol, en los que armarse una tangana es un hecho cada vez más frecuente. Pero eso sí, con la sílaba tónica en penúltimo lugar (llana y por lo tanto sin tilde).
Publicado originalmente el 02 de junio de 2004
Ciertamente relacionado con la impresión, está el tema de las erratas. Aquellos errores tipográficos, de composición o de corrección que, sin saber muy bien cómo, aparecen en la obra impresa definitiva.
Sus efectos sobre el escrito pueden llegar a ser muy curiosos, llegando incluso a desvirtuar por completo el mensaje. Tal es el caso del enamorado que, escribiendo a sus padres acerca de su novia, la califica de muy puta en lugar de muy pura. O el de aquel corrector de estilo que, por desconocimiento del término empatía —estado mental en que uno se identifica con un grupo o persona—, se dedicaba a “corregir” la palabra sustituyéndola por simpatía, resultando que fulanito era simpático en vez de empático. O el de aquél empresario que demandaba en un anuncio a una secretaria con ingles en vez de con inglés. O el de aquella muchacha que demandaba empleo y ofrecía sus conocimientos y buen hacer en relaciones púbicas en lugar de relaciones públicas.
Hay algunas erratas que gozan de cierta fama, como la del folletón Arroz y tartana, de Vicente Blasco Ibáñez, que en su primera edición decía: “Aquella mañana, doña Manuela se levantó con el coño (por ceño) fruncido”. O la que sufrió el poeta Garcilaso en un verso que en lugar de decir: “Y Mariuca se duerme y yo me voy de puntillas“, decía: “Y Mariuca duerme y yo me voy de putillas“.
Otras veces la errata le cuesta el empleo a su responsable, como cuenta el novelista argentino Manuel Ugarte al referirse al caso de un periodista que, al elogiar a la hija del dueño del rotativo, escribió: “Basta escribir su nombre, para que se sienta orgullosa la tonta“, cuando la que debía sentirse orgullosa era la tinta. O bien les deja en ridículo, como en el caso de un crítico que alababa el “exquisito busto (por gusto) de la condesa que conocemos tan bien todos sus amigos”.
Las erratas no respetan ni los títulos de las obras. Así, La feria de los discretos, de Pío Baroja, conoció una edición como La feria de los desiertos; un drama titulado La expulsión de los moriscos, se llevó a la cartelera como La expulsión de los mariscos; y la famosa obra de Alejandro Dumas que llegó a publicarse como La dama de las camellas (por camelias).
En Vituperio (y algún elogio) de la errata, de José Esteban, también se habla de casos excepcionales de erratas, como el caso de las obras del cardenal Bellarmin, cuya fe de erratas precisó un volumen anexo de 88 páginas. Y de un libro del poeta mexicano Alfonso Reyes que tenía tanta erratas que dijeron de él: “Nuestro amigo Reyes acaba de publicar un libro de erratas acompañado de algunos versos”.
Y de las erratas “invencibles” que se resisten a la corrección, como cierta frase que elogiaba a una dama y señalaba a un ministro el deber de recompensarle sus infinitos servicios, por lo que al salir escrito ínfimos se corrigió con peores resultados, pues apareció como infames, y al efectuar una nueva corrección sólo se empeoró la situación; se escribió íntimos.
Aunque no hace falta remontarse mucho en el tiempo; un espisodio de la serie de televisión C.S.I. llevaba por título Axfisia en vez de Asfixia. Claro que no tiene mucha importancia si lo comparamos con lo ocurrido en el mismo episodio, en el que, al inquirir sobre varias sospechosas, se pregunta: ¿Cuála de ellas? en lugar de preguntar por ¿Cuál de ellas? Recuerdo que en el colegio, frente al cuála solíamos responder: la Pascuala. Y me estoy saliendo de tema pues esto no es una errata, un lapsus linguae en el mejor de los casos; en el peor…
Hasta la próxima, salidos.
FE DE ERRATAS: No era mi intención juzgar el apetito sexual de nadie; donde dice salidos ha de decir saludos. Tan bien que estaba quedando el escrito y una errata lo desmerece, ¡qué pene más grande!
FE DE ERRATAS DE LA FE DE ERRATAS: Donde dice pene ha de decir pino.
El término pishing es un anglicismo de nuevo cuño, que se refiere a los ya desgraciadamente frecuentes correos que circulan con la malsana intención de acceder a nuestras cuentas bancarias, aunque con un mínimo de atención se pueden obviar.
Hace algún tiempo recibí el siguiente correo, similar a otros recibidos y a muchos otros que todo el mundo recibe, así que nos servirá como ejemplo.
Querido cliente de Hispano Central Satandero.
Pusimos al dia recientemente nuestro sistema, y sospeche que su cuenta Hispano Central Satandero puede necesitar la actualizacion de la informacion. La proteccion de la seguridad de su cuenta y de la red de actividades bancarias de Hispano Central Satandero esta fuera de preocupacion primaria. Por lo tanto, como medida preventiva, hemos limitado temporalmente el acceso a las caracteristicas sensibles de la cuenta Hispano Central Satandero. Chasque el acoplamiento abajo para recuperar el acceso a su cuenta.
Ahora vendría el enlace que quieren que pulse y que, de hacerlo, les confirmaría una candidez apta para seguir acosándome con nuevos y más dirigidos correos o ya directamente a preguntar por mis cuentas y contraseñas. Posteriormente termina con un copyright del banco que pretende dar mayor verosimilitud al correo.
Aparte de que no soy cliente de ese banco, hay muchas señales desde el punto de vista lingüístico —el tema que nos ocupa— que descubren las malas artes del correo:
- El nombre del banco no es “Hispano Central Satandero”, sino “Santander Central Hispano” ya que proviene de las fusiones-absorciones de los tres bancos y los nombres están ordenados de acuerdo al orden establecido en esos procesos.
- Ausencia total de tildes. Si en inglés no las usan, para qué las van a usar en otro idioma.
- Incoherencias gramaticales. Si pusimos (nosotros) no conviene sospeché (yo) y menos sospeche (yo o él) si se refiere a subjuntivo.
- Expresiones inusuales. La seguridad está fuera de preocupación primaria. ¿Quién habla así en castellano? Chasque el acoplamiento ¿Y así?
- Y dejo para el final la que me hizo más gracia, el lapsus que dejó al descubierto la verdadera intención del mensaje. Como si de un juego de palabras se tratase, el inspirador oculto se nos revela en el mismo nombre del banco según este mensaje: Hispano Central Satandero. No es sino el Príncipe de las Tinieblas, el propio Satán, el que los inspira.
Ni firmándolo habría quedado más claro.
La Muerte es el enigma definitivo. Y como gran misterio que es, siempre ha inquietado al hombre y le ha llevado a proponer respuestas a la pregunta de ¿qué hay más allá? Y para contestar a esta pregunta y dar sentido a otras necesidades, se han formulado creencias, filosofías y religiones y, en ellas, siempre se ha tratado con respeto a los muertos, conocedores de la respuesta. Con respeto y con miedo.
Miedo a que el espíritu del difunto no desee abandonar el mundo e intente poseer otro cuerpo. Miedo a que los malos espíritus perturben el descanso del fallecido. Miedo a que regrese de entre los muertos para importunar a los vivos. Dando lugar estas creencias a múltiples costumbres y tradiciones.
Cuando alguien fallece lo primero que se hace es cerrarle los ojos. Con ello se pretende evitar que el difunto escoja al siguiente en morir y se establece una frontera entre lo muerto y lo vivo, de la misma manera que al cubrir el cadáver con una sábana o tela.
Velar al muerto significa hacerle compañía desde el momento de la muerte hasta recibir sepultura a la luz de las velas repartidas por la viuda, el viudo o los familiares, evitando así que malos espíritus le importunen. Siendo otra señal de duelo el vestir alguna prenda de luto.
El color del luto es el negro a partir del siglo XI —antes era el blanco— y obedece a la necesidad de los vivos de ocultarse a los muertos. Con la muda del atuendo habitual buscaban un doble fin: desorientar al muerto haciendo irreconocible al vivo —evitando así que el alma del difunto penetrara en el cuerpo de los vivos— y apartar a los dolientes del resto de la sociedad para no contaminarla con la impureza que suponía la muerte. Algunos pueblos primitivos usan el color blanco embadurnándose el cuerpo con yeso o con cenizas a fin de disfrazarse de espíritus y desorientar a los intrusos del más allá.
Una vez amortajado el cadáver recibe sepultura bien envuelto el tela o, si su economía lo permite, en un ataúd. Ya hacia el cuarto milenio antes de Cristo los sumerios metían a sus difuntos en cestos de juncos movidos por el miedo al regreso y se debe entender este hecho como un antecedente del ataúd. En algunos pueblos del norte de Europa se decapitaba el cadáver y se le amputaban los pies para evitar que persiguiese a los vivos. Y aunque enterrarlo bajo metro y medio de tierra podía ser suficiente, se le encerró en una caja, se le clavó una tapa con un número exagerado de clavos y se cegó la entrada de la tumba con una pesada lápida.
En Roma se enterraba al atardecer y, para despistar al muerto se llegaba al cementerio ya anochecido y se encendían antorchas tanto para alumbrarse como por ser el fuego un elemento parejo a la muerte. De hecho la palabra funeral proviene del latín funus, ‘tea encendida’.
Colocar flores en las sepulturas se interpreta como el deseo de proporcionar algo vivo en recuerdo del difunto y la corona de flores tenía también la misión de barrar el paso al espíritu e impedirle volver del mundo de los muertos.
Creencia muy arraigada era la que contemplaba que el alma que carecía de tumba erraba por la tierra y podía atormentar a los mortales enviándoles males o atormentándoles con sus apariciones. Y no bastaba con enterrar el cuerpo, se debían observar ritos. La eventualidad de ser indebidamente enterrado atemorizaba a los vivos y se temía más que a la muerte misma. En la Ilíada, Héctor ruega a su vencedor para que no le prive de sepultura:
“Te imploro no entregues mi cuerpo a los perros junto a los barcos griegos; acepta el oro que te ofrecerá mi padre y devuélvele mi cuerpo para que los troyanos me ofrezcan mi parte en los honores.”
La posesión por parte de un espíritu maligno o un alma atormentada ha sido un temor ancestral y diversas han sido las artimañas para protegerse de tal eventualidad. Las primeras proceden seguramente del Neolítico y se pueden observar en la actualidad en las tribus más atrasadas del África profunda o del Amazonas. Consisten en la automutilación y colocación de objetos mágico-religiosos en los orificios del cuerpo por los que podían penetrar los malos espíritus. A ese fin se agujereaban los extremos de las orejas para colgar de ellas talismanes, y también las aletas de la nariz o los labios.
Los pendientes pasaron a ser de oro, ya que al fetichismo se le unía el prestigio del metal, y si el pendiente era un aro se interpretaba en el mundo antiguo como sumisión a Dios.
El hombre del Neolítico acostumbraba a pintarse la cara y el cuerpo con significado mágico-religioso, como una forma de disfrazarse y ocultarse a los malos espíritus y a no ser reconocido tras la máscara. Después de ello, el maquillaje estuvo presente en todo el mundo antiguo. Los reyes se presentaban ante su pueblo maquillados, las mujeres podían aparecer en público desnudas, pero no sin pintarse y en Egipto nadie era enterrado sin útiles cosméticos. Hombres y mujeres pintaban sus labios de color rojo pálido por imperativo de la moda egipcia y por la supersticiosa creencia de que no es posible la muerte si los labios están rojos.
El mismo cuento se le puede aplicar a la pintura de ojos y a los tatuajes con los que algunos aborígenes maoríes adornan su cuerpo. Incluso al gesto de cubrir el bostezo con la mano, ocultando la desmesurada y prolongada abertura de la cavidad bucal. E incluso el cubrimiento de las partes íntimas obedece no tanto a un sentimiento de pudor como a una maniobra de protección de otros posibles orificios de entrada del cuerpo o contra el mal de ojo sobre tan delicadas partes de la anatomía.
Publicado originalmente el 17 de febrero de 2002
Entre las frases hechas o locuciones hay un gran número que constan de un pareado. A menudo es la primera parte la que condensa el significado y la segunda simplemente rima, pero también es común que ambas partes participen en el significado de la frase.
A continuación unas cuantas frases a modo de ejemplo.
A troche y moche.
De forma incontrolada, sin sentido ni medida.
Trochar es ‘cortar ramas’ y mochar es ‘quitar la parte superior a algo’. Trochemoche es, pues, una tala incontrolada.
Ir de la ceca a la Meca.
Ir de un sitio a otro sin parar y sin orden aparente.
Ceca es una casa de moneda y la Meca es el centro de peregrinación musulmán. Alude a la transición entre lo material y lo espiritual.
Mondo y lirondo.
Se dice de aquello que no tiene pelo o que se ha desprovisto de su funda o piel, es decir, que está mondado.
Lo de lirondo es simple rima.
A tontas y a locas.
Sin reflexionar.
Aquí ambas partes contribuyen al significado.
De tomo y lomo.
Muy grande.
Se usa para ensalzar cualidades, tan notorias que son de libro (tomo) que además ha de ser de gran tamaño (lomo) para contenerlas.
Sin decir oxte ni moxte.
Sin decir una palabra.
Posiblemente oxte sea una derivación del verbo oxear, ‘ojear, espantar la caza’, y que moxte sea una simple rima.
Sin ton ni son.
Sin tener ningún motivo.
Ton y son son abreviaturas de tono y sonido y la frase parece referirse a aquellos que cantan sin que el canto tenga que ver con la música que acompaña.
Contante y sonante.
Suele referirse al dinero.
Nada de letras o cheques, dinero que se pueda contar y que suene.
Sin decir tus ni mus.
Sin decir absolutamente nada.
Tus es una voz que, repetida, se usa para llamar a los perros, y mus puede referirse al mugido de una vaca (sin decir ni mu) o bien es una simple rima.
Por fas o por nefas.
Por una causa u otra.
Son apócopes de fastos y nefastos y alude a una antigua distinción entre los días que realizaban los romanos.
Estar a las duras y a las maduras.
En lo bueno y en lo malo.
Ambas partes hacen referencia el estado de la fruta y ambas participan en el significado de la frase.
El oro y el moro.
Quererlo todo.
Ambas partes tienen significado, pues la frase hace referencia al precio de un rescate fijado para la libertad de un prisionero.
No tener ni arte ni parte.
No estar implicado ni directa ni indirectamente en un asunto.
Arte parece hacer referencia a algo inmaterial y parte a lo material.
Por activa o por pasiva.
De todos modos, se intente hacer o no algo para impedirlo.
Ambas partes también con significado.
Colaboración de Evaristo Laguna
Al respecto de “a troche y moche”. Trochar no es cortar ramas. El verbo “trochar” lamentablemente no está recogido en el DRAE, de estarlo su significado debería ser algo así: “Andar o atajar por las trochas” que es el significado que he oído en algunos pueblos de Andalucía. Las “trochas” son veredas abiertas en la maleza, generalmente por el ganado. “Trochemoche”, según el DRAE, viene de: trocear y mochar.
Fin de la colaboración
A la luz de esta puntualización, podemos concretar mejor el significado de la expresión: trochar, más que cortar ramas simplemente, cobra ahora el significado más amplio de romper, quebrar, chafar, trocear de cualquier manera no tan solo ramas, sino arbustos, maleza. Y, eso sí, de manera incontrolada.
Publicado el 8 de abril de 2001
Ampliado el 5 de julio de 2002
Que la lengua castellana es especialmente rica es cosa sabida, pero solemos dejar de lado esta riqueza y adoptar vocablos extranjeros por simple esnobismo.
Una cosa es que se adopte un término de una lengua extranjera cuando no existe un equivalente en la propia —lo que ocurre frecuentemente con los términos referidos a avances tecnológicos— y esto no es tan solo malo sino que es enriquecedor y es un fenómeno que siempre se ha dado en un flujo que va desde el que domina la técnica (o cualquier otro aspecto o cuestión) al que la desconoce.
Además, no estamos en una burbuja y todos los idiomas se influyen unos a los otros al interaccionar, aunque la cosa no está tan clara cuando las transferencias van mayoritariamente en el mismo sentido. A este respecto se ha producido en los últimos años un dominio del mundo anglosajón en algunas áreas y los efectos se han notado al adoptar y castellanizar voces inglesas. Y aquí viene la pregunta: ¿por qué utilizamos el vocablo foráneo cuando tenemos uno propio?
Como ejemplo tomado al azar se puede ver el caso de la palabra estrés (del inglés stress) que el diccionario define como: “tensión provocada por situaciones agobiantes que originan reacciones psicosomáticas o trastornos psicológicos a veces graves”. Pues bien, ya es una palabra de uso común, pero en su propia definición encontramos un término apropiado: agobio. Y de él, el diccionario dice: “acción y efecto de agobiar” que, a su vez, es: “imponer a alguien actividad o esfuerzo excesivos, preocupar gravemente, causar gran sufrimiento. Rendir, deprimir, abatir”. Y que duda hay que si este agobio es prolongado puede ser fuente de todo tipo de trastornos, desde la acepción de alteración leve de la salud hasta la de enajenación mental.
Y era un término circunscrito al ámbito laboral, es decir, a uno le agobiaban los padres con sus regañinas, o estaba agobiado por un amigote muy pesado, o a una el novio le agobiaba con sus celos, pero el trabajo era el que estresaba (y es que tiene verbo y todo), que queda mucho más fino y como más importante y de más calidad (los peones se agobian, pero en mi empresa yo me estreso). Ahora se aprecia que ha trascendido sus límites y cada vez producen estrés, en vez de agobiar, muchas más cosas.
La etiqueta de “lenguaje comercial” que posee el inglés, hace que nos bombardee con nuevos términos comerciales y laborales que curiosamente acaban, la mayoría de ellos, en -ing, que es la desinencia característica del present continous (presente continuo, en inglés) y que refleja lo mismo que nuestro gerundio; la acción que se está produciendo en este momento y todavía no ha finalizado.
Veamos algunos ejemplos:
De market (mercado) se obtiene marketing (técnicas de mercado), que podría ser sustituido por técnicas de mercadeo, o simplemente, por mercadeo.
De time (tiempo) se obtiene timing (perfecto uso del tiempo), que podría -y debería- ser sustituido por sincronización.
De boss (jefe) se obtiene bossing (uso abusivo de poder), que es abuso de poder y el que lo ejerce es un mandón: “Que ostenta demasiado su autoridad y manda más de lo que le toca”.
De mob (asedio, acoso) se obtiene mobbing (asedio y acoso en el trabajo, generalmente menospreciando a un trabajador), que toda la vida se ha llamado puteo, de putear: “fastidiar, perjudicar”. O si no, ninguneo, ya que suele dejarse de lado la persona asediada, no hacerle caso, no tenerle en cuenta y despreciarla contínuamente.
De stalk (acecho, acoso) se obtiene stalking (acoso sexual en el trabajo), que es acoso sexual.
De bully (matón, abusón, de bull, toro en inglés) se obtiene bullying, que más que traducción tiene su propio nombre: matón, abusón.
Y hay más, y si no vendrán nuevos. Por el momento hacemos ending.