Frases publicitarias

Nada nuevo hay que decir acerca del alcance de la publicidad. Es bien sabido el impacto que tiene en la sociedad. Hasta el punto que ciertas frases publicitarias, repetidas hasta la saciedad, acaban calando en el lenguaje coloquial.

Cierto es que muchas desaparecen al poco de dejar de publicitarse, pero muchas se mantienen por más tiempo. Aunque, eso sí, para acabar en el olvido.

Veamos algunos ejemplos:

¡A mí plin!
Se decía cuando a alguien no le importaba o no le afectaba algo. La frase publicitaria era a mí, plin, yo duermo en pikolín, como diciendo que el que duerme sobre tales colchones no se debe preocupar por nada.

¡Qué me dices, Josefina!
Así se decía en vez de, simplemente, ¡qué me dices! Y eso era por una cuña radiofónica que rezaba así:
-¡Qué me dices Josefina!
-Que para mantas y colchas, la Mallorquina.
-¿Y sabes dónde está?
-En plaza Universidad, 6.

Y aún sigue estando en la actualidad.

Eso es que lo has probado poco.
Aún ahora, aunque entre gente de cierta edad, se puede oír la mencionada frase como réplica a la afirmación de que algo no gusta. La frase la pronunciaba un simpático actor francés cuando su interlocutor manifestaba que no le gustaba la tónica. Fueron varios anuncios, insistentes y machacones, hasta que se introdujo el consumo de la tónica. Conozco a mucha gente que le gusta. Prece que cumplieron su objetivo.

Hoy comemos con Isabel.
La publicidad de la conservera decía: ¡qué bien, qué bien, hoy comemos con Isabel! Hace unos años cuando se quedaba a comer con algunos amigos y entre los asistentes se encontraba alguna Isabel, era muy raro que alguno de los presentes no recitara, o mejor dicho cantara, la mencionada frase. A día de hoy ya no. A Dios gracias.

Cuerpos danone.
Ésta es más actual. Cuerpos esbeltos, bien torneados, musculados y fibrosos por… ¡comer yogur!
No solamente es una locución habitual, sino que de la misma metáfora deriva el apelativo yogurín para referirse al chico o chica de buen ver, de toma pan y moja.

Algunas coletillas publicitarias lo que provocaban era una respuesta automática, como la de los perros de Paulov. Hasta que, supongo, dejaron de tener gracia.

Tal es el caso de:

-Hola.
-Radiola.

-¡Qué me dices!
-Que te fagorices.

-¡Qué tal!
-Muy bien con Okal.

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