Nonsense (4)

El nonsense o “sin sentido” es una composición que se basa en palabras inexistentes.

En estos textos no importa lo que dicen las palabras sino la forma en que lo dicen, la cadencia y el ritmo. Es el idioma de muchas canciones y rimas infantiles, pero también el de textos de grandes escritores.

También se conoce por trabucación cuando se mezclan lexemas y morfemas de diferentes palabras. Cuando juega con el resultado fónico, la cadencia y el ritmo, también se conocen como jitanjáforas.

Veamos un ejemplo:

Pablo Parellada solicitó a José Samaniego un prólogo para su obra Tenorio modernista-Remembrucia enoemática y jocunda en una película y tres lapsos. Y lo hizo de la manera que ya vimos aquí.

La respuesta de José Samaniego fue en los siguientes términos:

¡Isagoge!

¡Salve, panicida filenoso, que al poner bajo mi abrigaño las febriciteces de tu multicorde intelecto, hiciste colidir con la mía tu ánima venialmente cotufante!

¡Cómo isagogearte a ti, jocundo feruleador de favilosos cálamos, Anticristo de la floripondiez modernosa, juglero que musitas opognieces a la pálida musa de Verlaine!

Al eco jubiloso de tu sonolidante sistro, mi pájaro azul tornó a la libredumbre; orbiculó errabundo por las áureas golferieces de la cosmópolis celestiana, y avizoró añorante, embozada en los nimbos del misterio, la umbría de los bosques milenarios, do la cigarra helénica desgranó su ritma adormilente, y la cornamusa del divino Pan unisonó sibilina y milagrera con el carcajadeo de los sátiros y el tremar suspiroso de las ninfas.

Mi pájaro azul zigzagueó nostálgico.

Maya, la blonda virgen imposesa, testigueó su raudo voltijeo y ofrendole, protectrice, los lirios eucarísticos de sus manos -manos traslúcidas, manos flevilinas-, y mi pájaro azul sistolediastolizó en ellas grecitante, sistolediastolizó en ellas flajelino… Pero sistolediastolizó.

(Hemos quedado en que sistolediastolizó.)

Y como habiendo confianza da gusto, he aquí lo que musitó al oído de la púdica virgen, mi sincera avecilla:

-Sabrás, oh inasequible y codiciada esfinge, ante quien por tan varias y laberínticas sendas se encamina la innúmera caravana de soñadores, que un esforzado paladín del clasicismo hispano acaba de asestar, valiéndose de las artes del ingenio, mortífero golpe a la greñuda grey que sirve a la escarlata la lengua de Cervantes, el divino.

No he de hacer yo que ignores, oh enigmática soberana de un país ideal, que las imperecederas gallardías donjuanescas, vividas donosamente al modo glauco, son el ataque más formidable, trascendental y valeroso infligido al estetismo militante en su asendereada retaguardia. Y convendrás conmigo en que si en la regeneradora misión de dar al traste con faunos patizambos, siringas hipóginas, libélulas verdescentes, féminas cloróticas y nenúfares sitibundos, contase el insigne autor de Tenorio Glauco con el concurso de media docena de escritores de su talla artística y de su sinceridad literaria, la peluda cohorte de Verlaine podía ir pensando en cortarse con serrucho las melenas.

No podrás negarme, oh Maya, que si por mal entendidos convencionalismos tal cosa no sucediera y siguiese triunfando Glauco, hijo legítimo de Sísifo el embustero, no por ello sería menor la gloria ni menos dignos de encomio los merecimientos de quien en nombre del sentido común y jugándoselo todo en la partida, predicó con el ejemplo, fiel a la máxima del ilustre Goethe, que dice: «No pegues en el avispero, mas si lo haces, ¡da de firme!».

Y como sobre el avispero del modernismo hay que pegar sin duelo, como pegó Cervantes sobre el de los libros de caballería, y como el hecho de no haber existido más que un Cervantes no pude autorizar que sean tolerados y aplaudidos por más tiempo los ridículos desmanes de la andante glauquería, yo aplaudo con toda mi alma a Melitón González y no ofendo con nuevos elogios su modestia, porque la saladísima remembrucia con que ha honrado el nombre de mi dueño, dice en alabanza de su autor mucho más que cuanto mi pico pudiera musitar en tu oído…

Maya, la púdica virgen imposesa, palmoteó con entusiasmo y mi pájaro azul voló…

¡Salve, panicida filenoso, Anticristo de la floripondiez modernosa, joglero cotufante y multicorde, que pusiste bajo mi abrigaño las fulgurosas albescencias de tu mágica siringa!…

¡Anda la siringa!

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