Poema (8)

El borracho y el eco

En noche oscura y brumosa
tan atontado iba Antón,
que cayó de un tropezón
en la acera resbalosa.

Soltó un feo juramento
diciendo: ¿quién se cayó?
Y en la pared del convento
repercutió el eco… Yo.

¡Mientes! Fuí yo quien caí;
y si el casco me rompí
tendré que gastar pelucas…
Lucas.

No soy Lucas, ¡voto a Dios!
Vamos a vernos los dos
ahora mismo, farfantón…
Antón.

Me conoces, ¿eh, tunante?
Pues aguárdame un instante,
conocerás mi navaja…
Baja.

Bajaré con mucho gusto.
¿Te figuras que me asusto?
Al contrario, más me exalto…
Alto.

¿Alto yo? ¿Piensa el osado
que en este pecho esforzado
el valor ya está marchito…?
Chito.

¡Y pretende el insolente
mandar callar a un valiente!
¿Que calle yo?, miserable…
Hable.

Hablaré, por vida mía,
hasta que tu lengua impía
con este acero taladre…
Ladre.

¿Ladrar? ¿Soy perro quizás?
¿Dónde, villano dónde estás
que de esperarte me aburro…
Burro.

¿Burro yo? Insulto extraño
que vengaré a mi amaño.
El momento es oportuno…
Tuno.

¿Dónde está el majadero
que me toma por carnero?
Responde, ¿dónde se encuentra…?
Entra.

Sal tú, si no eres cobarde;
y apresúrate que es tarde.
A pie firme aquí te espero…
Pero.

No hay pero que valga, ¡flojo!
Sal que ya estoy viendo rojo
y ansío tenerte enfrente…
Ente.

Pero, ¿dónde estás?, repito,
que estoy oyendo tu grito
y tu ausencia ya me admira…
Mira.

Sí, miro, ¡pero qué diablo!
No puedo ver con quién hablo,
pues no aparece ninguno…
Uno.

Uno o cien, lo mismo da;
que salga, que salga ya.
Lo aguardo. Aquí me coloco…
Loco.

¿Así te burlas de mi?
¿Quién eres, quién eres, dí?
No me hagas perder la calma…
Alma.

Mas, si eres un alma en pena,
¿cómo no oigo tu cadena?
Basta de bromas, concluye…
Huye.

No tal; no me iré de aquí
sin saber quién me habla así.
Dime siquiera tu nombre…
Hombre.

Pero, ¿estás vivo o difunto?
Aclara bien este punto,
que a mi ya nada me asombra…
Sombra.

¡Una sombra y la insulté!
Perdóname, que tomé
cuatro copas con bizcocho…
Ocho.

¿Ocho, dices? ¡No, pardiez!
Serían siete, tal vez;
una fue para Ramona…
Mona.

No hubo mona, no señor;
me puso alegre el licor,
y a Ramoncica también…
Bien.

El vino apenas probé,
y sin embargo gasté
cuatro pesos con cincuenta…
Cuenta.

Contaré, si así lo queréis,
pero hablar de las mujeres…
Ramona a enojarse va…
¡Bah!

Fue en el bodegón del puerto,
todos dormían, por cierto,
y estuve con ella sola…
Sola.

Sí, sola, sola, solita;
porque teníamos cita;
pero no me le acerqué…
¿Qué?

No me acerqué, te aseguro;
por mi salvación, lo juro,
son testigos los durmientes…
Mientes.

Sombra que todo lo sabes
despídeme cuando acabes,
que por mi parte acabé…
Ve.

Prometo no más beber,
no más mujeres querer,
santa sombra veneranda…
Anda.

Marchóse Antón al momento
y, en casa, confió a su esposa
que una sombra pavorosa
en la acera de un convento
le había hablado… y no era cuento.

Francisco Añón

2 comentarios

  1. Esta muy bello el poemas solo que esta muy largo para mis mejores gustos

  2. ¡Me ha parecido genial! ¡No lo conocía! Con permiso, me lo llevo a mi blog (Citando la fuente, claro).

    Un abrazo,

    Segis

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *