Eufemismos y lenguaje políticamente correcto (3)

Un eufemismo es una palabra o frase que expresa con suavidad o decoro ideas cuya franca expresión se considera malsonante.

El lenguaje políticamente correcto es una extensión del eufemismo. Se trata de un “invento” de finales del siglo XX y es una retórica plagada de eufemismos, que pretende no ser ofensiva con nadie, ya sea persona o entidad. Su principal característica es la no discriminación de sexos y razas, ya sea en cuanto a las palabras como en cuanto a las actitudes.

A continuación un cuento clásico, pasado bajo el tamiz del eufemismo, encontrado hace tiempo en Internet sin indicación de su autor.

EL TRAJE NUEVO DEL EMPERADOR

El Emperador con su nuevo trajeÉrase una vez que un sastre ambulante se encontró un buen día en un país extranjero. Actualmente los sastres que van de un lugar a otro no se hacen notar y procuran no traspasar los límites de las normas locales de la decencia. Pero aquél sastre era tan sociable como deficiente en decoro y pronto se encontró en la taberna del pueblo, abusando del alcohol, invadiendo el espacio personal de las camareras y explicando historias llenas de prejuicios sobre recogedores de cartones, limpiaparabrisas y otros trabajadores y trabajadoras no especializados y no especializadas.

El compañero hostelero se quejó a la policía, que vino, detuvo al sastre y lo condujo a presencia del emperador. Como era de suponer, toda una vida creyendo en la legitimidad absoluta de la monarquía y en la inherente superioridad de las personas masculinas había convertido al emperador en un tirano presumido y con una evidente discapacidad cultural. El sastre se apercibió de estas características y decidió sacarles provecho.

El emperador le dijo: ¿Hay algo que quieras pedir antes de que te expulse por siempre jamás de mi reino? El sastre contestó: Quisiera solamente que Su Majestad me concediera el honor de diseñarle un nuevo vestuario real. Tengo una tela especial, tan especial y delicada que sólo la pueden ver ciertas personas, del tipo de personas que os gustaría tener en vuestro reino: personas políticamente correctas, moralmente virtuosas, intelectualmente astutas, culturalmente tolerantes y que no fumen, ni beban, ni les hagan gracia los chistes sexistas, mi vean mucho la tele, ni escuchen música country, ni hagan pic-nic.

Después de pensarlo un momento, el emperador le concedió el deseo. Le halagó la idea fascista y/o testosterónica de que el imperio y sus habitantes existían solamente para que él se pudiese lucir.

Evidentemente, aquella supuesta tela tan excepcional no existía. Tras varios años viviendo fuera de la sociedad normal, el sastre había desarrollado un código moral propio, que en este caso le obligaba a estafar y avergonzar al emperador en nombre de todos y todas los y las artesanos y artesanas independientes. Así pues, trabajando con diligencia, consiguió hacer creer al emperador que cortaba y cosía piezas de ropa que, en el más estricto sentido objetivo de la realidad (y sin ánimo ni intención de menospreciarlas), no existían.

Cuando el sastre anunció que ya tenía lista la indumentaria, el emperador se contempló en el espejo con los mantos nuevos. De pie, desnudo como el día en que nació, todos y todas podían observar cómo todos aquellos años explotando sin piedad al campesinado le habían transformado el cuerpo en una desagradable masa de carne fofa y blancuzca.

Evidentemente, el emperador se veía desnudo, pero hacía como si viese los mantos preciosos y políticamente correctos. Para lucir su nuevo esplendor, ordenó un desfile para el día siguiente.

A la mañana siguiente los súbditos se apiñaban en las calles para ver el gran desfile. Se había corrido la voz que el nuevo traje del emperador sólo lo podían ver las personas sin prejuicios que llevasen una vida sana, y todos y todas habían decidido ser más correctos o correctas que el vecino o la vecina.

El desfile empezó con gran pompa. El emperador paseaba calle abajo su cuerpo pálido, embutido y patriarcal, y todos y todas hacían grandes «¡oh!» y «¡ah!» delante del traje nuevo. Todos y todas excepto un niño que gritó: ¡El emperador está desnudo!

El desfile se detuvo. El emperador se detuvo. La multitud quedó en silencio, helada, hasta que un campesino rápido de reflejos gritó: ¡No! No está desnudo. Simplemente el emperador apoya un estilo de vida con opción a vestirse o no.

Del gentío surgió un «¡bravo!» y todos y todas empezaron a desnudarse y a bailar al sol tal como habría querido la madre Naturaleza. Desde aquel mismo día, en el país hubo la posibilidad de ir vestido o no, y el sastre, privado de su medio de subsistencia, recogió hilo y aguja y nunca más se oyó hablar de él,

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