Epónimos

Desde los inicios del lenguaje ha sido tarea muy importante el poner nombres a las cosas.

Y hay un elevado número de vocablos con los que nos referimos a objetos, plantas, ciudades, procedimientos, conceptos y demás, que provienen del nombre de una  determinada persona.

Si se consulta una enciclopedia o diccionario la definición de epónimo será algo similar a la siguiente: «Aplícase al héroe o a la persona que da nombre a un pueblo, a una tribu, a una ciudad o a un periodo o época.»

Actualmente tal definición ha quedado algo anticuada, pues el epónimo es un sistema de creación de nombres cada día más en uso para «etiquetar» nuevos conocimientos. Un claro ejemplo es el de los términos médicos: síndrome de Young, síndrome de Down, fiebre de Haverhill, trompa de falopio e incluso la de Eustaquio. También el de los descubrimientos e inventos: Dolby, colt, Dom Perignon, guillotina, cometa Halley, la pasteurización, la escala Fahrenheit, el curio, el fermio y un montón de elementos químicos, la begonia, la dalia, la gardenia y un montón de flores y plantas. Las corrientes de pensamiento político, filosófico o literario también nos proporcionan ejemplos: gongorismo, trotskismo, tomismo, calvinismo…

Si ampliamos el concepto de nombre propio de persona a nombre propio en general —incluyendo así países, ciudades y regiones— la lista se amplía consecuentemente: dálmata,
polonesa, macedonia, persiana, mazurca, hamburguesa, saboyana, daiquiri, mahonesa…

Y, para finalizar, un ejemplo cómico de la creación de un epónimo. Corresponde a un chiste gráfico de El Perich y dice así:

-¿Y qué tengo, doctor?
-Tiene usted el síndrome de Altroffer.
-¿Y es grave?
-Pues todavía no lo sabemos Sr. Altroffer.

1 comentario

  1. Creo que falta uno de mi paisano y que ya fue aceptado por RAE:
    Cantinflear

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