Esto es Jauja

¿Sabias por qué decimos ESTO ES JAUJA para calificar todo aquello que es abundante, próspero, rico y que se obtiene sin esfuerzo?

Existe una Jauja española ubicada en la provincia de Córdoba, cuna del famoso bandolero José María “El Tempranillo” allá por el 1805. Pero no debió ser lugar de abundancia si sus habitantes se metían a bandoleros. La Jauja de la abundancia hay que buscarla en Perú.

Fundada por el extremeño Francisco Pizarro en 1533 como capital de su virreinato, se decía de ella que curaba las enfermedades, que daba todos los frutos imaginables y que corrían por sus montes ríos de plata, que no eran otra cosa que las vetas de este mineral que se hallaban en la superficie de la tierra.

Un relato escrito por el dramaturgo sevillano Lope de Rueda en 1547 titulado “La tierra de Jauja” explica claramente la expresión. En él, Mendrugo, un campesino de pocas luces, lleva una cazuela de comida a su mujer que está presa. Por el camino se encuentra con dos ladrones que le cuentan que vienen de Jauja, la tierra donde mana leche de las fuentes, los árboles dan buñuelos y las montañas son de queso. Donde las calles están pavimentadas con yemas de huevo. Donde todo se consigue en gran abundancia y de balde… Mientras el infeliz Mendrugo les escucha embobado, los ladrones aprovechan para robarle la comida y huir.

Pero la cosa va a más. En El porqué de los dichos se lee que existe una composición anónima titulada “La isla de Jauja” que dice:

Isla deliciosa, y tanto,
que allí ninguna persona
puede aplicarse al trabajo,
y al que trabaja le dan
doscientos azotes agrios.

Dice también que sus habitantes viven más de trescientos años, sin hacerse jamás viejos, y cuando mueren, lo hacen de risa. Las murallas de la ciudad son de bronce, las puertas de diamantes y las calles de ébano y marfil. Los mares son de vino, los arroyos de limonada, los campos de mantecada y los valles de mermeladas y mazapanes. También hay en la ciudad:

treinta mil hornos, y todos
tienen, sin costar un cuarto,
con abundancia molletes,
pan de aceite azucarado,
bizcochos de mil maneras,
chullas de tocino magro,
empanadas excelentes
de pichones y gazapos,
de pollos y de conejos,
de faisanes y de pavos.

¿Y por qué se originó esta fantasía desatada, esta localidad de fábula? Por un lado estaban las minas de oro y plata de la zona que proporcionaban riquezas y una vida regalada a sus explotadores. Por otro lado las penurias económicas y la difícil vida rural en la españa de la época. Pero el factor que tuvo más importancia fue la ubicación de Jauja, que situada a 3.411 metros de altitud, gozaba de un clima ideal para curar enfermedades, sobre todo la tuberculosis, en el sanatorio de Olavegoya que allí se fundó. Su fama de enclave paradisíaco proviene de la bondad de su clima, de su vegetación, de su entorno. Como nos cuenta Rafael Escamilla en su obra Frases hechas: “Allí iban a curar sus enfermedades los trabajadores de las minas de oro o de las selvas vírgenes atacados por las fiebres. Cuando estos trabajadores regresaban a España contaban las excelencias de aquella comarca que efectivamente era idílica, aunque más bien en el sentido de reposo. La fantasía popular mezcló el oro de las minas con el encanto del paisaje y de esa forma se encargó de elevarla al rango de dicho popular”.

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